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Papel para la acuarela
La mayor parte de las veces pinto en papel Arches de 300g, grano satinado, que es totalmente liso, lo que me permite realizar dibujos a lápiz y más tarde a pincel de una delicadeza extrema. El folio que utilizo para este ejercicio es de 77x58cm. Algunos de mis amigos pintores se quejan de que este papel absorbe demasiado los pigmentos cuando pintan "mojado sobre mojado". Como no se me suele dar este caso, no tengo problema alguno.
Normalmente empiezo aguando el folio por ambos lados en la bañera, para quitarle la imprimación, para luego dejarlo escurrir. Cuando ya se ha escurrido el exceso de agua, lo deposito sobre mi escritorio y lo pego con papel kraft autoadhesivo. Mientras se seca, el papel se va tensando, y si voy a pintar alguna parte otra vez, evito que se combe aguándolo de nuevo.
El dibujo previo
"Una bella acuarela empieza por un bello dibujo". Cuando el papel está perfectamente seco, dibujo al sujeto con cuidado de hacerlo suavemente, pero con un trazo lo más preciso posible. Para ello utilizo un lápiz 4H ó 6H. En la foto siguiente, el trazo del lápiz no se ve... no busquéis inútilmente, no es problema de vuestra pantalla ni de vuestros ojos. La foto en sí misma no "ve" los lápices secos (H).
Mi paleta de colores
Mi paleta de colores siempre es muy limitada, incluso para los cuadros más sofisticados en los que se representan materiales muy diferentes y con gran variedad de colores. Siempre utilizo los mismos tubos de acuarela: azul cobalto, amarillo ocre, tierra de siena para los tonos claros... indigo, rojo permanente, amarillo cadmio para los tonos muy densos... a veces rojo carmín o verde vejiga cuando el modelo o el decorado lo requieren.
Nunca utilizo los colores puros sino que los mezclo en mayor o menor medida con los otros dos colores primarios, lo que me permite tener siempre una unidad de tono en mis cuadros. Todo es cuestión de matices, como siempre. Muchos pintores que se dedican a la acuarela mezclan demasiado sus colores, obteniendo cuadros cuyos colores aparecen difuminados, diluidos en una mezcla inexpresiva en los malvas y los marrones sucios y apagados. Si visitáis mi galería virtual, veréis que mis colores son fuertes y densos.
Lo primero que voy a pintar son los ojos. En un cuadro o retrato, lo primero que vemos es la mirada. Si conseguimos captar la mirada, el cuadro será un éxito. En este cuadro tengo que captar once miradas. Una vez que tenga los ojos, me sentiré más seguro y podré dar rienda suelta al placer de pintar.
Los reflejos de la luz están pintados con un azul cobalto muy diluido, que será imperceptible en medio de los colores más fuertes una vez el cuadro esté terminado. Cuando los reflejos se han secado del todo, me concentro en el color del ojo. Aquí, una base ligera de amarillo cadmio, manchado de ocre y matizado más tarde con tierra de siena tostada. Como nunca pinto con negro, el contorno del ojo está pintado con indigo, reforzando la sombra con una mezcla de carmín y amarillo. Sigo por la nariz de los perros, con una base indigo. Me salgo de la zona considerablemente con un juego sucio, siendo consciente de que tendré que volver a retocar el conjunto para afianzarlo.
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